martes, 7 de noviembre de 2017

Jaulas borrascosas


«Cuando pasas por mi puerta 
y no me dices adiós, 
lo que te dejas te llevas, 
tú no eres mejor que yo»

El dicho es antiguo pero describe muy bien cómo funcionan las cosas en las comunidades pequeñas. Aún hoy lo pienso cuando voy a Girona a hacer algún recado o a Barcelona a visitar a los chicos; la ciudad se la come a una, eres anónimo, uno más, con todo lo malo que eso conlleva porque a veces me detengo en medio de una de esas avenidas enormes que hasta tienen una rambla con juegos infantiles, con la jauría de coches pasando por ambos lados y pienso: Me da un «jamacuco» aquí mismo y no se entera nadie hasta que pasen los barrenderos.

      Todo lo contrario que en los pueblos, que se te caga un pájaro en un callejón y en dos minutos ya es de dominio público. En un pueblo es como si llevaras permanentemente a cuestas un cartel luminoso con todos tus antecedentes familiares y vitales; y da lo mismo si de todo eso hace veinte o cincuenta años, da lo mismo que tú hayas cambiado, lo que manda es el cartel y por él te juzgarán hasta que te mueras. Así que ¿para qué cambiar? ¿Para qué enmendar los errores si todo va a seguir igual? Y es que las comunidades pequeñas, cerradas y con poco movimiento de gente son como una cama sin ventilar, cuando te acuestas por la noche huele a la noche anterior. Y eso no es bueno. Todo esto me recuerda una obra de teatro que leí hace años: «La casa de Bernarda Alba». A ver si esas muchachas no estaban todas medio locas de vivir encerradas en esa casa y con esa madre tan controladora. Ahí sí que no corría el aire ni por casualidad. Luego, claro, basta con que alguien mencione a Pepe el Romano (que ni aparece en la obra) y aquello explota como una olla a presión. Pero luego tenemos el caso contrario: «Cumbres borrascosas». A ver quién me niega ahora que los espacios tan abiertos y tan agrestes y tan solitarios no lo pueden volver loco a uno también. Todo el día con el silbido del viento pegado al oído y el pelo pegado a la cara. Demasiada ventilación en este caso. No digo que Heathcliff hubiera sido mejor persona criado en otro entorno, o que Catherine hubiera sido más sensata, pero esos arrebatos, esa impulsividad tan salvaje son cosa del ambiente que se respira.

      Aun así, por mucho que defienda que el lugar en el que se vive influye en el carácter de las personas, creo que la educación y la convivencia tendrían que primar sobre todo lo demás. Y el dicho sería mucho más instructivo de este modo: 

«Cuando pasas por mi puerta y no me dices adiós, si yo tampoco lo digo es que tengo un alma tan pobre como la tuya».

      Pero no suena tan bien.

A cuidarse

martes, 31 de octubre de 2017

Confesiones

(Mientras veo «The Handmaid’s Tale»)
Mis nietos me cuidan mucho. Ellos viven en Barcelona pero hoy día eso no supone barrera alguna, con lo fácil que es llamar por teléfono o escribir un mensaje o enviar fotografías o vídeos. Es como si estuvieran aquí conmigo pero sin dar la lata. Creo que la tecnología es un avance y nos hace la vida más sencilla pero tampoco hay que volverse loco; si no me apetece contestar un mensaje en cuanto llega, pues lo dejo para más tarde. Y hay que ver cómo se ponen.

    —¿No has visto mi mensaje? ¿Dónde metes el móvil? Me tenías preocupada.
    Esa es Ada.

    —Carmina, tienes que subir el volumen de tu móvil para que puedas oírlo. En el botón lateral, el más largo. El próximo día repasamos otra vez.
    Ese es Sauveur.

    Les preocupa que me sienta sola. Ya se lo he dicho: tengo la vida que quiero y vosotros estáis bien, no necesito más, (dejadme cenar tranquila, leñe). Lo bueno es que me traen libros, revistas, de todo. Y lo mejor es el cacharrito ese, el pen. Sauveur me graba dentro un montón de series y disfruto como una enana viéndolas. Qué buenas son algunas, y eso que a veces me ponen los pelos de punta. La de la criada sin ir más lejos. Las cofias blancas, las túnicas rojas… no sé quién decía el otro día en la radio que la puesta en escena le resultaba demasiado «teatral». Yo entiendo que a los tertulianos les pagan para que digan cosas, pero tendrían que aplicarles un plus cualitativo. Las sandeces no deberían contar como información. Qué teatral ni teatral, es simbólico, es una realidad exagerada pero no tanto, una llamada de atención, un aviso. Las cosas nunca llegan de un día para otro, se van tejiendo poco a poco delante de nuestras narices. Y cuando al fin estallan y todos nos llevamos las manos a la cabeza, entonces es cuando nos percatamos de nuestro error inmovilista, de nuestro conformismo imperdonable. Me quita el sueño la serie de las narices. Después de cada capítulo me quedo un buen rato dándole vueltas al asunto. Pero es tan buena que al día siguiente me pongo otro. Vivo muy bien, no sé qué les preocupa tanto. Mi salud, claro, ya tengo una edad. Supongo que yo en su lugar haría lo mismo. Son muy buenos chicos y los quiero con locura.

    Espera, ellos leerán todo esto. 

    Os quiero, niños, pero a veces os alarmáis por cualquier cosa. Que si el azúcar, que si la tensión… solo son números que alguien ha establecido así porque sí. Las farmacéuticas. Trazan una línea recta y lo que queda por encima está mal y lo que queda por debajo también. Así no se puede acertar nunca. Lo de la semana pasada fueron pequeñas fluctuaciones sin importancia, el caso es encontrarse bien y yo estoy como un toro, muy animada, con el huerto, con mis lecturas…

    Y me gusta el café y no pienso dejarlo.

A cuidarse.

lunes, 23 de octubre de 2017

La intimidad


Pues Bryn es escultor. Tiene las manos ajadas y callosas de un viejo que estuviera todo el día trabajando en la cantera. Sin embargo, le miras la cara y esos ojillos aguamarina y no aparenta los treinta y pocos que tiene. Ya hace unos meses que nos conocimos, cuando vino a interesarse por las verduras que cultivo en el huerto (resulta que soy famosa, que por el pueblo me llaman «la yaya ecológica»). Llegué con él a un acuerdo porque no me sentía cómoda cobrándole por un manojo de ajos y cuatro tomates, así que él contribuye a la causa trayéndome su cubo de residuos orgánicos para el compuesto con el que luego abono el huerto. Y también, de vez en cuando, me hace alguna chapucilla de lampistería o fontanería, que servidora ya anda mal de la vista y del pulso ni te cuento.

      A veces simplemente se pasa para charlar un rato. Creo que no tiene demasiada vida social, que es uno de esos artistas absorbidos por su fiebre creativa. Yo siempre le planto un tazón de café bien largo, como a él le gusta, y un trozo de tarta o de coca salada que tenga por la cocina. Y lo aprecia como si le estuviera regalando el cielo, sujetando el tazón entre las manos con una devoción que me conmueve. Vivir solo no es fácil. He escuchado cientos de veces esa queja sobre la intimidad, que convivir con otras personas no permite tener intimidad; pero se refieren a poder ir en cueros por la casa y echarse unos gases en el salón. La intimidad, tal como yo la entiendo, no tiene que ver con estar solo o acompañado, es un estado de bienestar con uno mismo o con la persona con la que convive. Y Bryn tiene demasiados demonios, por eso se pasa el día moviendo y aporreando esos bloques de piedra que tiene en el jardín. Y cuando con eso no es suficiente, viene a ver a Carmina.

      En una ocasión le pregunté por su familia; su madre había fallecido cuando él aún era un niño y, el resto, vivían en Cardiff: su padre, con el que no se habla, su hermano que tiene una enfermedad crónica, y sus dos hijas.

      —¿Tú tienes dos hijas?
      —De cuatro y de siete. La madre y yo ya no estamos juntos.
      —Las verás muy poco.
      —No las veo desde que vine aquí —dijo entre dientes.

Hacía meses que vivía al otro lado del camino. Primero sentí lástima pero luego me vi embargada por la sospecha.

      —¿Tú no serás de esos que pegan a su familia?
      —¿Eh?
      —Pareces buena persona pero a veces los más mansos son los peores.
      —¡No!
      —No me mientas, Bryn, que yo ya he visto muchas cosas.
      —Carmina, my god… jamás haría daño a mis hijas o a su madre.
      —¿Y qué haces tú solo en este pueblucho y con ellas tan lejos?
      —Es complicado —murmuró. Luego me miró fijamente: sus ojos, sus cejas… me estaba pidiendo que no insistiera. Y no insistí.

      Eso, aunque no durase más que unas décimas de segundo, es para mí la intimidad.

A cuidarse.

jueves, 12 de octubre de 2017

Gente de bien

Hace unos meses estaba sacando del horno una empanada de atún cuando llamaron a la puerta. Me encontré con un muchacho de unos treinta años y cara de vikingo que, por suerte, chapurreaba el castellano. Acababa de mudarse a una de las pareadas que quedan al otro lado de la carretera nueva y alguien le había dicho que yo cultivaba hortalizas ecológicas. Lo invité a pasar. Me cayó bien, era una de esas personas que lo sabes al instante, que son de fiar.

      Bryn me recordó muchísimo a mi nieto Sauveur, con esa actitud tan bonachona que se trasluce hasta en la postura: altos y flacos los dos, muy rubios, de espalda ancha y huesuda, ligeramente cargada y con esa parsimonia en todos sus movimientos. No son cosas mías, todo el que conoce a mi nieto desarrolla una predisposición natural hacia él. No pasa lo mismo con Ada, ella tiene un temperamento más cortante. Pero ella también es muy buena. Muy muy buena; buena y valiente. Recuerdo aquella vez que tendría unos diez años y fuimos a visitar a Sauveur a Les Airs Sains. Era su último curso en aquel sanatorio del Pirineo; el médico nos había asegurado que sus pulmones se habían desarrollado plenamente y que estaba en disposición de volver al pueblo para empezar el bachillerato. El resto de críos le habían preparado una fiesta de despedida y nosotras estábamos en un extremo de la sala, charlando con el director, mientras todos los niños reían y correteaban en medio de una total algarabía. Y de pronto se produjo un gran silencio. Ada le estaba retirando el plato con su bocadillo a un pobre niño cabizbajo que estaba rojo como un tomate.

      —No tienes que hacer lo que te digan, han estado escupiendo dentro.

      El niño permaneció callado sin atreverse a mirarla siquiera. Más tarde descubrimos con estupefacción que llevaba allí tan solo dos días y que esas diabluras eran habituales con los recién llegados. Le hicimos el tercer grado a Sauveur para averiguar si alguien le había hecho a él algo parecido. Nos prometió que no y le creímos. También nos prometió que él nunca participaba en aquellas bromas pesadas, que se mantenía al margen. «Tan responsable es el que lo hace como el que lo permite», le dijo Renée. 

      Cuando aquellos niños vieron cómo Ada les desmontaba la jugarreta delante de todos, empezaron a murmurar y a abuchearla por lo bajo.

      —Os jodéis, por malas personas —les dijo ella. Y luego se comió un ganchito.

      Ese fin de semana se quedó sin televisión aunque en el fondo del alma nosotras nos sentíamos gozosas a más no poder.

      Pero yo estaba hablando de mi vecino Bryn. Del primer día que estuvo por casa.

      —¿Qué eres, inglés? —le pregunté mientras le servía un café y un trozo de empanada.
      —No. Galés
      —Ya empezamos.

      Pero no iba a echarle un sermón así sin conocernos. Que yo respeto mucho el sentir de cada uno, claro que sí, solo que eso de que las etiquetas sean excluyentes solo consigue que todos acaben enfadados y vueltos hacia su rinconcito. 

      En fin, es igual.

      A cuidarse

martes, 3 de octubre de 2017

La casita amarilla

Creo que ya había explicado en alguna ocasión que padre murió cuando yo tenía veinticuatro años. Está mal decir que me quedé en la gloria pero es que llevaba ya muchos meses muy malito y aquello no era vida ni para él ni para mí. Si era un hombre poco afable cuando estaba sano, hay que imaginárselo postrado en una cama y preso de sus propias limitaciones. 

      Pero lo de la gloria no llegó de inmediato, antes pasé un tiempo en el que me sentía inmersa en aguas arremolinadas. La muerte en las comunidades pequeñas de posguerra siempre era un acontecimiento, y cuanto más si se trataba del viejo maestro, del que siempre se había sospechado una ideología comunista encubierta bajo un comportamiento intachable, una entrega absoluta a su labor y un talante generoso y comprensivo hacia «la gente». Y, una vez enterrado, todos empezaron a preguntarse maliciosamente qué sería de la muchacha grandullona y vergonzosa que se parapetaba tras los libros y los arreglos de costura; la que acudía a misa tres veces al día y, solo en el ámbito de aquellas salidas, se permitía hablar de lo que fuera que se estuviera tratando hasta perder el resuello para, acto seguido, ir a comprar una libra de queso sin atreverse a levantar la vista. No se le conocían pretendientes ni otras aventuras, se ignoraban absolutamente sus anhelos y es posible que, en la mente de muchos, ella fuera un ser carente de toda personalidad e, incluso, de género. Un ser incoloro.

      Tardaron en dejarme en paz con sus preguntas y sus conjeturas; me paraban en cualquier esquina para sonsacarme, para averiguar cómo de desdichada me sentía ahora que me había quedado sola en la vida (y mujer). Pero yo no estaba más sola que antes, aunque eso era algo que solo nos concernía a padre y a mí. (Tengo pensado decírselo cuando nos veamos en el más allá o donde sea que vayamos los escépticos pelirrojos: «Usted me dio casa y sustento, se preocupó de educarme y de que tuviera ideas propias pero ya podría haber sido un poquito más cariñoso, que al fin y al cabo era mi padre». Así mismo).

      Pasaron unos meses antes de que las aguas se apaciguaran (o simplemente murió otro pobre desgraciado y se olvidaron de mí) y entonces pinté la casa. Tenía un color pardo que se había oscurecido con los años como una de esas cabañas de pesebre fabricadas con corcho. Repiqué la fachada entera, le dí un revoco nuevo y la pinté de blanco con todo un zócalo alrededor de color amarillo (y el intradós y el vierteaguas de las ventanas del mismo tono). Lo hice yo sola y tardé varias semanas pero me quedó preciosa. La casita amarilla. Mi casa. 

      —Ahora se ve desde la otra punta del pueblo —llegaron a decirme con el propósito de amedrentarme.
      —Entonces ya puedo morirme tranquila —respondí yo. 

      Carmina Petit empezaba a salir de su cascarón.

A cuidarse.

martes, 19 de septiembre de 2017

Ahora tengo un gato

Al final resulta que Raspa no es tuerto. No en el sentido literal de la palabra. Me refiero a que tiene los dos ojos, solo que uno lo mantiene cerrado por culpa de una cicatriz que le atraviesa el párpado. Una cicatriz más vieja que yo. 

      «A efectos prácticos, como si fuera tuerto» (diría alguien que siempre está preparado para dar el contrapunto a todo, como si ese fuera el único modo que tiene de demostrar que existe), pero yo estoy convencida de que Raspa también ve por el ojo cerrado aunque no sean necesariamente imágenes. Cuando le regaño permanece sentado, digno, con la barbilla levantada. «La tipa no está de buenas». Y siento cómo me observa a través del pliegue de piel rosada. «Sabe que has tirado el frutero». Y se mantiene impertérrito mientras yo expreso mi frustración y mi enojo. «No te muevas hasta que se le pase». El muy ladino me tiene calada. Y el otro día, sin embargo, yo estaba mirando un álbum de fotografías de cuando los chicos eran pequeños; fotos con las puntas redondeadas y ese tono como anaranjado: Ada con su trenza hasta la cintura, Sauveur con el flequillo amarillo como el de un pollito... qué bonitos eran. Sentí que se me escapaba una lagrimilla, ladeé el rostro para apartármela con el dedo y ahí mismo, sentado junto a mi pie, estaba Raspa. Me escrutaba en silencio ¿cuánto rato llevaba ahí?. Entonces se levantó y se frotó contra mi pierna. Yo sé que fue para consolarme, porque él percibe las emociones con ese ojo cerrado suyo y si hubiera más tuertos como Raspa, el mundo sería un lugar mejor. Luego descubrí que se había afilado las uñas contra la colcha de patchwork de la habitación de invitados.

      Ha tenido suerte conmigo porque no me gusta que los bichos sufran, que nadie sufra. Se nota que era un gato sin hogar, solo entra en casa para comer y para torturar el mobiliario. El otro día vino el vecino a por unos calabacines y, mientras yo los metía en una bolsa, escucho detrás de mí: «El gato está haciendo rápel». Me volví de inmediato y me dirigí a toda prisa hacia la sala. Ahí estaba Raspa, deslizándose cortina abajo como Errol Flyn. Ese día sí se llevó un buen escobazo. 
      
      Me tiene contenta.

      Lo he hablado con Renée (yo todo se lo consulto a Renée y no me avergüenzo), y ella tiene razón, me estoy ablandando. Si en lugar de ser un gato flaco y despeluchado fuera una persona, no le permitiría comportarse de ese modo. Esto tiene que cambiar. No me quito a Martín de la cabeza porque él ya le hubiera retorcido el pescuezo. Era un hombre de campo y su relación con los bichos era distinta. Una vez mató a su gato favorito con la escopeta porque lo vio intentando montar a una cría. Ese día yo no sabía dónde meterme ni qué pensar, me limité a gritarle: ¡Espérate a que me haya ido por lo menos!. El bueno de Martín estaba totalmente asilvestrado.

      Yo no voy a retorcerle el cuello a Raspa, ni lo voy a mandar al hogar de acogida. Le voy a dar una oportunidad. Todos merecemos una.

A cuidarse.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

La novela esquiva

Qué bien se explica Natalia, la chiquita que lleva el club de lectura de la biblioteca municipal. El otro día nos expuso el contexto histórico-social de «El amante de Lady Chatterley». Habla con tanta sencillez que consigue que parezca fácil, consigue que resulte interesante, consigue que apenas le preste atención a la argolla de su nariz o a las algarrobas de su pelo (¿cómo hace para que quede tan apelmazado y tan tieso? Parece roña. Ada dice que es un producto a base de grasas vegetales y no sé qué historia. Eso, para mí, es roña, menos mal que ya casi ni me fijo). El caso es que nos iba a anunciar la siguiente novela cuando una de las que siempre llega tarde, levanta la mano y dice:


       —¿Por qué no leemos la otra y así comparamos? 
       —¿Qué otra? —dijo Natalia, algo desconcertada—. ¿Alguna otra obra de D.H. Lawrence? 
       —No, no, la otra. La de las sombras. 
      
      Menudo revuelo. Y entonces até cabos acerca de los cuchicheos y los corrillos de las sesiones anteriores. 

      Resulta que hace cuatro o cinco años salió una novela erótica que ha sido un éxito de ventas. Y, a raíz de la lectura de Lady Chatterley, esta que siempre llega tarde y sus comadres proponían leerla y comentarla en el club. Pero Natalia concluyó que el programa de la biblioteca planteaba alternar diversos géneros, por lo que la lectura de «50 Sombras de Grey» resultaría redundante. Qué bien habla. Luego se sujetó los churros de pelo con ambas manos, como si fuera un manojo de vainas secas, y se los recolocó tras la nuca. Tiene que ser molesto, no me digas.

      Antes de salir de la biblioteca le pregunté al muchacho del mostrador por la novela de las benditas sombras pero resultó que estaba reservada durante los siguientes tres meses. También era mala suerte, pero como a mí nunca me ha molestado invertir en literatura y mi librería de confianza me quedaba de paso, decidí entrar y preguntarle a Antoni.

      —¿Es para ti o para regalar? —me dijo.
      —Para mí. 
      —No me queda nada. 
      —¿Y para regalar, sí? —Él empezó a balbucear por lo bajo.
     —Mira —dijo finalmente—, si yo no te lo vendo, tú no lo lees y así no me arriesgo a perder a una de mis mejores clientas. 
      —No entiendo a qué viene esto, Antoni.
      —Tú acuérdate de la que me armaste con Stieg Larsson.
      Esa noche yo seguía desconcertada por los acontecimientos de la tarde así que, cuando me llamó mi nieta Ada, le pregunté si podía conseguirme el libro a través de la red de bibliotecas de Barcelona.
      —¿Eso leéis en tu club de lectura? —espetó.
      —No, hija, en el club vamos a leer «Mientras agonizo», pero es que tengo curiosidad.
      —Un par de reseñas y se te pasa.
      
      Y me las envió a mi correo. Y  llegué a la conclusión que tal vez era preferible agonizar a quedarse entre las sombras.
      
A cuidarse.