domingo, 8 de abril de 2018

Brunch


Bryn ha estado en Cardiff unos días visitando a sus niñas. Cuando pasó por casa al volver del aeropuerto estaba más pálido de lo normal y tenía una expresión triste. No me gusta verlo así.
— Tendrías que salir por ahí de vez en cuando para animarte.
— Ya sé, ya sé…
— Y así conoces alguna chica.
— Carmina… 
Se fue para su casa y pasó tres días sin dar señales de vida. Yo estaba tranquila porque desde mi jardín oigo todos sus trajines: la radial, el soplete, los martillazos... Me lo imaginaba lleno de polvo y con virutas por todo el pelo, enfrascado en alguna de sus esculturas; cuando está bajo de ánimo se refugia en sus fases creativas y ni come ni duerme. Pero al cuarto día vi aquellas botellas de whisky vacías junto al contenedor del vidrio y no me gustó nada. Le estuve dando vueltas; no quería llamarle por teléfono o escribirle, me parecía demasiado intrusivo y Bryn es muy sensible. Al final me decidí a escribirle una notita y pasársela bajo la puerta: 

Vente a comer mañana. Haré algo rico y calentito. 

Carmina 

Prometo no hablarte más de mujeres. 

Esa misma tarde me pareció escuchar su bicicleta en dirección al pueblo. No acerté a verlo por más que corrí hacia la ventana. Y entonces vi a Raspa jugueteando con algo que había por el suelo. Parecía una nota de papel. Cuando por fin pude arrebatársela, estaba toda arrugada: 

Ven tú sobre las 12. No traigas nada. Yo cocino. 

Bryn

Me recibió con el pelo recogido en uno de sus moñitos con un bastoncillo clavado. Estaba aún más flaco que cuatro días atrás, pero sonreía. «¡Vualá!», exclamó al mostrarme la mesa llena de platitos y bandejas: huevos revueltos, verduras a la plancha, un surtido de quesos, tostadas, mantequilla, tres tipos de mermelada, tortitas, champiñones salteados, alubias, puré de patata, salchichas, beicon, salsa de chocolate, café… Me dijo que era un brunch, pero la palabra que a mi entender mejor describía semejante despiporre de comida no era otra que barbaridad. Aunque el muchacho se había tomado tantas molestias que le di las gracias mientras trataba de recordar si tenía de sal de frutas en casa. 
— Con las niñas hemos tomado brunch todos los días —empezó a decir mientras me servía una taza bien generosa de café. Él es el único que no me sermonea con el café. Luego murmuró sin levantar la vista— Las echo de menos. —Le sujeté la mano sin decirle nada. Sentí que ese simple gesto le reconfortaba.
— Con lo buen mozo que eres, seguro que podrías encontrar a una buena chica ¡Ay, perdona! —exclamé de pronto—. Te dije que no me iba a meter en tus cosas. —Tendí la mano para que me pasara el tarro de la miel. Era oscura y muy espesa—. Una chica o un chico, ¿eh? —dejé ir mientras hundía la cuchara y me embargaba el olor a miel de romero—. Que yo no tengo prejuicios.
— Carmina, me lo has prometido. 
Me serví una ración de alubias con salsa. De verdad que calladita estoy más guapa. 


A cuidarse.

domingo, 25 de marzo de 2018

La cocina: ese deporte de riesgo

A mi nieto Sauveur le encanta tener gente a comer o a cenar y es un anfitrión de lujo. Lee muchísimo sobre cocina y a veces, me pide alguna de mis recetas; yo encantada de dárselas, lo que pasa es que me pone nerviosa porque es bastante pejigueroEl otro día me escribió preguntando por la receta de mi coca de yogur que no deja de ser un bizcocho muy facilito que sirve de base para cualquier tarta casera. Escríbemela, me dijo —él sabe que yo cocino de memoria—, le haces una foto con tu móvil y me la mandas. Mira, hijo, le dije, si tengo que hacer todo eso prefiero coger el tren, ir hasta tu casa y hacerte el bizcocho yo misma. Llámame esta noche y te la canto de viva voz.

Eran las nueve o así y estaba en el sofá viendo Big Little Lies con Raspa en el regazo; la serie empieza con un cadáver que no se sabe de quién es y estamos los dos la mar de enganchados. Entonces sonó el teléfono. Puse el reproductor en pause. Venga, me dije, serán dos minutitos. 

—Un yogur natural. —Al tratarse de una coca de yogur me pareció que lo más adecuado era empezar por el yogur. 
 —¿Azucarado o sin azucarar? —Ya empezábamos. 
 —Sin azucarar. 
 —¿Alguna marca de yogur en concreto? —dijo. En vista de mi silencio añadió—, es que unos son más ácidos que otros, la textura también cambia... 
 —Yogur marca blanca, sin azucarar y sin zarandajas —me pareció que titubeaba—. El más barato, Sauveur —añadí para zanjar la cuestión—. El resto de ingredientes —reanudé—: tres huevos. 
 —¿De qué tamaño? 
—Tamaño huevo —Raspa dio un respingo. Se conoce que le estaba apretando el lomo. 
 —¿Pequeño, mediano, grande…? 
—Huevo normal, hijo. Mediano —claudiqué al fin. 
—Tres huevos medianos —murmuró él al ritmo en que iba anotando. 
—Entonces, Sauveur, te digo el resto de ingredientes que se miden con el recipiente del yogur: la harina —y antes de que preguntara— Ni de repostería ni de fuerza ni nada, harina blanca de trigo de toda la vida. —Ahí lo pillé desprevenido y no se atrevió a replicar—. El azúcar: blanco, refinado, sin refinar, moreno o glass. Lo que prefieras 
—Sin refinar. Aquí en casa, sin refinar. 
—Aceite —proseguí implacable—, de girasol. 
—Pero… 
—De girasol, hijo, que el de oliva le da un gusto muy fuerte. 
—Ya te pasaré un artículo que leí sobre el aceite de girasol. 
Estuvimos cerca de diez minutos para acabar con el bendito listado de ingredientes y luego llegaron las disquisiciones sobre el orden en que había que mezclarlos, la discusión sobre tipo de recipiente y el engrasado del mismo, la temperatura del horno y el tiempo de cocción. Tras colgar me quedé unos segundos en silencio, mirando la pantalla del televisor con el rostro de muñeca de Nicole Kidman congelado en medio de una discusión con el mocetón que hace de su marido en la serie. Recuérdame que otro día le envíe la foto de la receta, le dije a Raspa. Él se volvió y me miró: Tú es que no aprendes


A cuidarse.

domingo, 18 de marzo de 2018

Malditas palabras



El 8 de marzo se celebraba el Día de la Mujer y por todas partes se armó un belén que ni te cuento. A mí me pilló en la cama con un constipado de los gordos pero por televisión pude ver la cantidad de mujeres en todo el país que salían a la calle. Si no hubiera sido por los analgésicos, los sentimientos contradictorios me habrían vuelto más loca de lo que estoy. 

Ada vino a verme ese mismo fin de semana y como yo sabía que me echaría la bronca por no decirles que había estado enferma le preparé su tarta favorita, la de zanahoria. No me vengas con zalamerías, fue lo que me dijo al verla. También sabía que diría eso; como si la hubiera parido. Dejó a los chuchos fuera, atados en el patio de entrada, para regocijo de Raspa que los observaba desde el alfeizar de la ventana con su gatuna condescendencia. 
—Nena, tú no serás feminista… —le dije a Ada mientras le servía un trozo de tarta y una taza de café. 
—Me tomas el pelo —respondió ella mirándome fijamente. 
—Qué alivio, hija —murmuré. 
—¡No me tomas el pelo! —exclamó ella entonces—. Claro que soy feminista. ¿Tú no? 
Ya me extrañaba a mí, mi Ada tiene un temperamento muy afín a todo lo beligerante. Siempre pienso que si no fuera tan inteligente y tan pragmática ya se habría metido en algún lío. 
—Yo estoy feliz de que las mujeres luchemos por la igualdad de derechos —enuncié con mucho tiento—. Solo que eso del feminismo no me suena bien, no me gusta… 
—Pero ¿qué te crees que es el feminismo? 
—Será lo mismo que el machismo pero en la versión para mujeres. 
—Te equivocas. No tiene nada que ver. 
Machismo, feminismo. Palabras homólogas, digo yo. 
—Déjate de tecnicismos, Carmina. Te voy a buscar en el móvil ahora mismo las definiciones de la RAE, para que veas.
—Déjalo, hija, si ya sabes que yo no me meto en tus cosas. Solo era curiosidad. 
—Escucha —sentenció ella. Me di cuenta de que no iba a dejarlo estar tan fácilmente—, machismo: actitud de prepotencia de los hombres hacia las mujeres. 
—¿Ves tú? 
Ada levantó la palma de la mano para pedirme silencio. 
Feminismo —continuó leyendo—: principio de igualdad de derechos de la mujer y el hombre. 
Si no lo dijera la RAE no lo hubiera creído. ¡Qué coraje! Ada me miraba con esa velada expresión burlona que tan bien le sale, riéndose solo con los ojos. 
—La palabra no ayuda nada —me excusé. 
—Bueno, pero ahora ya lo sabes —concluyó ella retomando su café—. Eres feminista. 
—¡A mis años! 
—¡Pero si lo habéis sido siempre, la abuela Renée y tú! 
—Soy feminista —dije en voz alta para ver qué tal sonaba—, no sé si será bueno para mi tensión. 
—Lo que no es bueno para tu tensión es ese café que te estás tomando. 
Yo resoplé con hastío. No se cómo se lo montan pero al final siempre sale el tema del café. 


A cuidarse.

martes, 19 de diciembre de 2017

Costura temeraria

Padre era pelirrojo y también rojo. Lo primero era una evidencia ante ese abultado mostacho cobrizo que lucía con tanto orgullo, lo segundo nadie lo sospechaba siquiera. Tenía un posado severo e imperturbable tras el que maduraba sus ideas revolucionarias, pero cuando las exponía lo hacía con tanta desafectación que a nadie se le ocurría que fueran revolucionarias; solo extravagantes. Así que cuando padre murió y me decidí a poner orden en su despacho y encontré aquellos rollos de lona impresa con los colores republicanos, solo me sorprendí un poco. Nunca sabré cuánto tiempo llevaban ahí a la espera de ser recogidos por quien fuera, pero era el año 64 y no era el momento adecuado para dejar todo aquello por ahí tirado para que cualquiera lo encontrara. Así que los cincuenta metros de bandera regresaron a la clandestinidad.

Pero esa no fue la única situación curiosa tras la muerte de padre; ya llevaba meses enterrado cuando me mandó llamar el cura: que en la partida de nacimiento ponía Ramón Amadeo Petit y en su documento nacional de identidad aparecía solo como Ramón Petit y que su registro tenía que coincidir con los datos funerarios y qué íbamos a hacer con ese Amadeo de más... Yo era joven y apreciaba a la gente por defecto, es decir, que si no había ningún motivo claro por el cual despreciar a alguien, directamente lo apreciaba, y él era el cura recién llegado de Girona: nuevo, joven, con pelo y plenamente convencido de la fascinación que ejercía sobre la gente sencilla del pueblo, y sobre todo en las mujeres. Yo tenía veinticuatro años y una absoluta indolencia frente a sus benditos encantos —solo que aún no lo sabía— y me limité a escuchar su perorata administrativa mientras observaba su pelo, a mi parecer, excesivamente negro para una tez tan pálida. 
—Pero no se preocupe, Carmina —concluyó a modo de cierre—, nada de esto tiene que ser un problema.
—Pues mejor así.
—Problemas son los que el Señor nos saca al paso para ponernos a prueba. Y es nuestro deber de buenos cristianos responder y, sobretodo —recalcó—, responder a la altura, ¿no le parece, Carmina? 
—Sí, claro. 
—No vaya usted a creer que los pueblos pequeños dan problemas pequeños. El Señor debe estar muy interesado en probarme. 
—No me diga. 
—No sé qué vamos a hacer con los tapices de las Hermanas... 
—¿Qué tapices? 
Resulta que en algún lugar de la iglesia habían permanecido ocultos una docena de tapices bordados a mano por no sé qué monjitas. Y ahora el Obispado los reclamaba para ser devueltos a la catedral de Gerona… y debían estar hechos unos auténticos zorros —aunque él no lo dijera con esas palabras— porque necesitaban un refuerzo para volver a colgarse sin que la tela bordada se resintiera. 

Alimaña de cura. 
—¿Reforzarlos por dentro? ¿Con algo parecido a una lona gruesa y fuerte? —le dije yo.
—Algo así, imagino. Yo no sé de costura, Carmina. Usted es la entendida. 
Y Amadeo dejó de ser un problema cuando la bandera republicana entró en la catedral. 


A cuidarse.

sábado, 9 de diciembre de 2017

La culpa es de internet

A mi nadie puede decirme que no me tomo en serio lo de comprar el pescado. 

Nadie.

En esta casa se come pescado todos los martes y jueves desde que puedo recordar. Siempre me he encargado personalmente de ir al mercado para, ya fueran unas simples sardinas o unos buenos lenguados, asegurarme de que fuera todo bien fresco. Y si no recuerdo mal, habré faltado a mi cometido solo por motivos de salud propios o ajenos.

Pero hoy estaba esperando mi turno en el puesto de siempre y alguien hablaba sobre todas estas noticias que nos están cayendo como fuego abierto: mujeres asesinadas, mujeres violadas, mujeres acosadas… y al parecer, no solo aquí, está sucediendo por todas partes; un carrusel de noticias desmoralizadoras para cualquiera con un mínimo de humanidad.

Entonces va una y dice: «La culpa de todo la tienen las drogas». Las drogas. Estuve a punto de replicar pero es que no tenía ganas de tangana, yo solo quería comprar un congrio precioso al que había echado el ojo nada más entrar y venirme corriendo para casa con él. Pero la tangana se ha armado igual porque alguien ha empezado con que si los chavales hacían tonterías por culpa de las malas compañías. Y yo mirando mi congrio. Entonces salta una que estaba a mi lado con que algunas mujeres son promiscuas y hacen que sus parejas pierdan los nervios. Mi congrio, mi congrio. Otro, desde atrás, que si la droga la traen los inmigrantes. Las drogas otra vez, como si las drogas fueran persiguiendo a la gente para metérsele en el cerebro. Si yo ahora cogía ese congrio de casi un quilo y aporreaba con él a cualquiera de aquellas mentes pensantes, ¿la culpa sería del congrio?. «Claro que la culpa es de las drogas. Antes no pasaban estas cosas» escucho por ahí. Alguien replica que esas cosas han pasado siempre pero que ahora nos parece que suceda más por toda la información que nos llega a través de internet. Y la culpa de nuestra miseria humana, de nuestra absoluta falta de respeto por nuestros semejantes en cosa de un minuto ya había escapado de nuestras manos para responsabilizar a las drogas, a las malas compañías, a los inmigrantes, a las mujeres promiscuas y ya empezaba a ser posible que a alguien se le ocurriera que la culpa finalmente la tuviera internet. «La culpa de todo la tiene internet», ha dicho entonces una de las pescaderas.

No me mires así, Raspa. Me da igual que sea martes. Yo ya no tengo edad para escuchar según qué tontadas; el médico me tiene frita con la tensión y está empeñado en que no tome más café pero son este tipo de cosas las que a mí me quitan la salud. Así que deja de hacerte el exquisito porque tengo dos malas noticias para tí: la primera es que si no te comes ese pienso no hay nada más y la segunda es que no pienso compartir mi tortilla contigo. 


A cuidarse.

PD: a ver si empezamos todos a buscar menos excusas y más soluciones.

sábado, 2 de diciembre de 2017

Abuela con gato



Estaba doblando ropa sobre la cama de invitados cuando una pila de calcetines volcó y se escurrió entre la pared y la cama. Me daba tanta pereza meterme por el hueco y agacharme para recogerlos que no se me ocurrió otra cosa que tumbarme sobre el borde lateral de la cama y estirar el brazo para buscarlos a tientas, con tan mala suerte que el peso me venció, me caí y me quedé allí atrapada, entre la pared y la estructura de hierro de la maldita cama antidiluviana. 

Pasé los primeros minutos en silencio, estupefacta. Me visualizaba a mí misma empotrada boca arriba con los brazos pegados al cuerpo, sin la menor capacidad de maniobra. Había visto en internet imágenes menos ridículas. Alargué con dificultad el brazo hasta palpar el bolsillo de mi bata: nada. Normalmente llevo ahí el móvil pero estaba claro que ese no era un día normal. Gritar era mi única opción, aunque mi casa está a diez metros del vecino más próximo. Entonces recordé que había varias ventanas abiertas puesto que antes de la caída había estado ventilando. Tocaba gritar. Estaba tomando aire cuando algo rozó mi zapatilla. Levanté la cabeza: Raspa me olisqueaba el pie. «¡Ay, Raspa!» exclamé desesperada. Él se dio la vuelta y se largó. Maldito bicho. Y acababa de descubrir que atrincherada allí dentro y con las costillas oprimidas, cualquier grito de socorro quedaba prácticamente amortiguado. Sería como una de esas abuelas a las que encuentran muertas en casa y con el gato rondando su cadáver. Peor aún, porque Raspa no iba a rondarme siquiera, a lo mejor incluso aprovechaba mi situación para colgarse de las cortinas. ¡Con todo lo que he pasado en esta vida y tener que acabar de una forma tan estúpida! Por tu mala cabeza, por tu mala cabeza… (me invadía una suave melodía de bolero). 
—¡Carmina!
El rostro de Bryn, con sus ojillos azules y la melena rubia y rizada cayéndole sobre los hombros irrumpió en mi campo visual. Nunca había estado tan cerca de creer que estaba viendo al mismísimo Jesucristo.
—Estás bien?
Apartó la cama con un solo gesto furioso y, antes de que yo misma pudiera reaccionar, me agarró por las muñecas y me sentó como si mis ochenta quilos fueran de mentirijilla. Y cuando finalmente logré incorporarme con su ayuda fue cuando noté el dolor en el tobillo.

Total, que me ha llevado hasta el sofá, me ha puesto un ungüento y unas vendas compresivas que ha traído de su casa y me ha obligado a tomarme un tazón de caldo caliente. Pero primero me ha sermoneado: «Carmina, Carmina… si no llega a ser por Raspa... ¡nunca te separes del móvil!»

Y así he pasado el resto del día: tumbada en el sofá con una revista y con Raspa enroscado a mis pies. Definitivamente, me he convertido en una abuela con gato.


A cuidarse.

domingo, 19 de noviembre de 2017

Cerrar por dentro



El otro día me enteré de que habían abierto la tumba de Salvador Dalí para hacer una prueba de ADN con sus restos y comprobar si una mujer era su hija (y heredera) tal como aseguraba. Y se me puso mal cuerpo. Ya comprendo que los restos de un difunto no tienen dueño porque el dueño está difunto, pero ¿eso da derecho a manosear sus huesos desgastados como si fueran las fichas de dominó de un centro geriátrico?. Se le quitan a una las ganas de que la entierren.
—¿Y entonces qué? ¿a la hoguera? —me dijo Ada. Con ella puedo hablar de estas cosas.

—No me hace mucha gracia —dije yo.

—Te ponemos en una urna bien «cuqui» y Sauveur y yo ya nos iremos turnando para tenerte en algún estante del comedor.

—No lo veo, hija. Ya sabes que no quiero ser una molestia.

—También podemos echar tus cenizas al mar. Seguramente acabes pegada a la espalda de algún turista alemán.

—Nunca he estado en Alemania.

—Algunas ciudades son realmente bonitas pero hace un tiempo horrible y tienen una dieta muy poco equilibrada. Nada de verduras.

—Entonces, no —dije lanzándole una sonrisa cómplice. Cómo me conoce—. A lo mejor podría donar mis órganos —solté de pronto. Ambas nos unimos en una ruidosa carcajada— ¿Te imaginas?

—¡No!

—¡Si le pusieran algo mío a alguien es que el pobre está realmente fastidiado! ¿eh?

—Bueno, ¡tiene el valor de la experiencia!

—¿Quién quiere un hígado sabio?

—Tienes razón. La gente ya no valora esas cosas.
Estábamos tomando café con un par de porciones de pastel de zanahoria. Ada me consiguió la receta hace tiempo y se ha convertido en una de mis especialidades. Siempre que viene a verme, la preparo.
—Hay otra opción. Una opción seria, me refiero —dijo ella entonces con el carrillo abultado por la tarta—. Puedes donar tu cuerpo a la ciencia. Yo lo he pensado algunas veces.

—¿Y qué harían con él?

—Lo que necesiten, cortarlo a trozos y experimentar con ellos, supongo.

—¡Uy, no, hija! Qué repelús de pronto… —Volví a acordarme de la tumba de Dalí y todos aquellos individuos con escafandra revolviendo en ella.

—Una vez te has muerto ¿qué más da?. Vaya, Carmina —añadió con sorna—, pensaba que eras una mujer con una mentalidad abierta.
¿Ves tú? Uno puede tener la opinión de sí mismo que quiera pero siempre se lleva sorpresas. Ya lo decía padre: «nunca digas “de esta agua no beberé” ni “este cura no es mi padre”». Yo me moriré y me iré donde sea, no me preocupa porque sé que estaré bien, pero pensar que alguien vaya a calcinar mi cuerpo o a descuartizarlo y exponerlo como si fuera un puesto de casquería en el mercado, me pone muy nerviosa. Así que creo que me quedaré con la opción de toda la vida, el sistema tradicional: a la caja y bajo tierra. Aunque me quedaría más tranquila si se pudiera cerrar por dentro.


A cuidarse